Las plataformas de streaming transformaron por completo la manera en que las personas consumen televisión. Lo que antes dependía de horarios fijos y de la programación de los canales ahora está disponible a cualquier hora y desde prácticamente cualquier dispositivo. La reproducción automática de episodios, el amplio catálogo de contenidos y la posibilidad de ver temporadas completas en una sola sesión han convertido las maratones de series en un hábito cotidiano para millones de personas.
Sin embargo, especialistas advierten que existe una diferencia importante entre disfrutar varias horas de entretenimiento de forma ocasional y desarrollar un comportamiento compulsivo. De acuerdo con diversas investigaciones científicas, el principal indicador de alerta no es la cantidad de episodios vistos, sino la pérdida de control sobre el consumo y las consecuencias que esta conducta puede tener en la vida diaria.
Los expertos explican que ver varias horas de televisión no necesariamente representa un problema. El consumo intensivo puede formar parte del tiempo de ocio sin afectar la salud o las responsabilidades. La situación cambia cuando esta actividad desplaza otras áreas importantes, como el trabajo, los estudios, el descanso, la convivencia con familiares o amigos, o cuando se convierte en la única estrategia para enfrentar emociones negativas como el estrés, la ansiedad o la tristeza.
Aunque actualmente no existe un consenso internacional para clasificar el consumo compulsivo de series como una adicción clínica, la evidencia científica señala que esta conducta puede adquirir características similares a las de otros comportamientos adictivos cuando la persona pierde la capacidad de regularla y continúa realizándola a pesar de experimentar consecuencias negativas.
Uno de los efectos más documentados es el deterioro del sueño. Una revisión publicada en la revista Environmental Research and Public Health encontró que quienes acostumbran realizar largas sesiones de televisión presentan mayores dificultades para conciliar el sueño, descansan con menor calidad y experimentan fatiga durante el día. El problema suele agravarse cuando las maratones se prolongan hasta altas horas de la noche, alterando los ciclos naturales del organismo y aumentando el riesgo de insomnio.
La salud física también puede verse afectada. Permanecer sentado durante varias horas frente a una pantalla favorece el sedentarismo, un factor relacionado con el incremento del sobrepeso y otras enfermedades asociadas con la falta de actividad física. Además, especialistas de la Cleveland Clinic señalan que este tipo de consumo puede fomentar el aislamiento social cuando las personas sustituyen reuniones familiares, actividades recreativas o encuentros con amigos por largas jornadas frente al televisor.
Las investigaciones también muestran que el consumo compulsivo puede repercutir en el desempeño cotidiano. Estudios publicados en ScienceDirect y un metaanálisis de Elsevier indican que este comportamiento suele asociarse con la postergación de responsabilidades laborales, académicas o domésticas. Después de estas sesiones prolongadas, muchas personas reportan sentimientos de culpa, arrepentimiento o frustración por el tiempo invertido.
Otro aspecto que preocupa a los especialistas es el impacto sobre la salud mental. Cuando mirar televisión se convierte en el principal mecanismo para escapar de la realidad o controlar emociones desagradables, aumenta la probabilidad de desarrollar síntomas relacionados con la ansiedad y la depresión. No obstante, los investigadores aclaran que estos efectos dependen del contexto individual y de las razones que motivan este tipo de consumo, por lo que no todas las personas experimentarán las mismas consecuencias.
La ciencia también ha identificado que existen factores que aumentan el riesgo de desarrollar hábitos problemáticos. La edad es uno de ellos. Diversos estudios muestran que los adultos jóvenes, especialmente aquellos de entre 18 y 29 años, son quienes con mayor frecuencia realizan maratones de series debido a su mayor familiaridad con las plataformas digitales y la facilidad para acceder a estos servicios.
Los rasgos de personalidad también desempeñan un papel importante. Investigaciones publicadas por Elsevier y ScienceDirect encontraron que características como la impulsividad, el neuroticismo y una baja capacidad de autocontrol pueden favorecer un consumo excesivo. Asimismo, la soledad y la necesidad de obtener una gratificación emocional inmediata pueden impulsar a algunas personas a utilizar las series como una forma constante de escapar del malestar.
Otro elemento identificado por los especialistas es el llamado FOMO, siglas en inglés de fear of missing out o miedo a quedarse fuera. Este fenómeno lleva a muchas personas a consumir rápidamente las series más populares para no sentirse excluidas de conversaciones en redes sociales o entre amigos, lo que puede incentivar sesiones prolongadas de visualización.
Respecto a las diferencias entre hombres y mujeres, los estudios disponibles muestran variaciones en los géneros de contenido preferidos y en algunos patrones de consumo, aunque la evidencia aún no es concluyente. Los investigadores coinciden en que el riesgo de desarrollar un comportamiento problemático depende mucho más de las motivaciones personales, el contexto social y la capacidad de autorregulación que del género.
En conclusión, disfrutar una serie durante varias horas no representa por sí mismo un problema de salud. La preocupación surge cuando el entretenimiento comienza a interferir con el descanso, las relaciones personales, las responsabilidades o el bienestar emocional. Mantener un equilibrio entre el tiempo frente a la pantalla y otras actividades cotidianas sigue siendo la mejor estrategia para que el streaming continúe siendo una forma de ocio y no un hábito que termine afectando la calidad de vida.









